Ante la escalada en Medio Oriente y el petróleo superando los USD 110, analizamos por qué la clave no es predecir el shock, sino evitar una exposición estructural a un único resultado. Una mirada sobre la importancia de la disciplina y el diseño de portafolios resilientes para convertir la volatilidad en oportunidad.

La reciente escalada del conflicto en Medio Oriente generó un aumento significativo en la volatilidad de los mercados: el S&P 500 acumula una corrección superior al 8% desde sus máximos y el precio del petróleo superó los USD 110 por barril. En este contexto, la pregunta que naturalmente surge es si corresponde reducir la exposición al riesgo.
Nuestra visión es clara: no estamos frente a un cambio estructural del escenario global, sino ante un shock de corto plazo, principalmente vinculado al canal energético y a la incertidumbre geopolítica. La evidencia histórica es consistente. Desde 1957, el S&P 500 atravesó múltiples episodios de estrés —guerras, crisis financieras y recesiones— con caídas intra-anuales promedio cercanas al 15%. Sin embargo, en la mayoría de los casos, los mercados lograron recuperarse y cerrar el año en terreno positivo.
En este contexto, la gestión del riesgo no es una reacción frente al evento, sino una decisión de diseño. Los portafolios resilientes se construyen antes de que los shocks ocurran, evitando depender exclusivamente de estructuras pasivas que replican índices ponderados por capitalización —los cuales, por definición, tienden a concentrar exposición en los sectores y factores que más subieron. La administración activa permite, en cambio, equilibrar esas concentraciones, diversificar fuentes de retorno y construir carteras más preparadas para distintos escenarios. La diferencia clave no está en prever el evento, sino en no quedar estructuralmente expuesto a un único resultado.
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Sumado a esto, observamos qué el principal riesgo para los portafolios no suele ser el evento en sí, sino la reacción frente a la volatilidad. El error más costoso no es la caída, sino salir en ella. La evidencia muestra que una parte relevante del retorno de largo plazo se concentra en pocos días, que suelen ocurrir inmediatamente después de las mayores correcciones. Perder esos días —producto de decisiones de timing— implica resignar una porción significativa del rendimiento total. Por eso, más que intentar anticipar los movimientos del mercado, la clave está en sostener una estrategia consistente y ejecutarla con disciplina.
En este marco, consideramos que las correcciones asociadas a eventos geopolíticos deben interpretarse como episodios de volatilidad dentro de una tendencia más amplia, y no como señales de salida estructural. Mantenemos una visión constructiva sobre los activos de riesgo en el mediano y largo plazo, entendiendo que estos episodios pueden generar oportunidades tácticas de posicionamiento. Por ahora, los fundamentos macroeconómicos, particularmente en Estados Unidos, continúan mostrando resiliencia: el crecimiento se mantiene positivo, las utilidades corporativas son sólidas y el sistema financiero opera con adecuados niveles de liquidez.
Si bien el escenario actual implica un aumento en los riesgos respecto de comienzos de año, la gestión activa permite abordarlos sin desarmar la estructura estratégica de los portafolios. En la práctica, esto se traduce en ajustes marginales —reducción de concentraciones, incorporación de coberturas selectivas y mejora en la calidad de los activos— manteniendo una visión consistente de mediano y largo plazo. El objetivo no es eliminar la volatilidad, sino administrarla de manera eficiente.

